jueves, 12 de julio de 2012


México

La   democracia en su laberinto

Daniel Martínez Cunill

¿Presidente legal o legítimo?

Después de presenciar las elecciones mexicanas uno entiende por qué García Márquez  decidió vivir en la nación azteca. Le basta salir a la calle para estar en Macondo y ver que el realismo mágico recorre a sus anchas la vida cotidiana y la vida política de México.

El principal culpable del fraude que arrebató la victoria a Cuauhtémoc Cárdenas en 1988,  Manuel Bartlett, resulta electo senador por la coalición de izquierda. Un ex guerrillero de los años 60, René Arce, y Rosario Robles, ex Presidenta del Partido de la Revolución Democrática, se sumaron a la candidatura del PRI.  Desde el otro polo, el ex Presidente Vicente Fox del Partido de Acción Nacional, PAN, llamó a los militantes de su partido a votar por Peña Nieto.

No es raro entonces que, transcurridas dos semanas de las elecciones en que se elegía nuevo presidente y se renovaban totalmente ambas cámaras, la democracia electoral mexicana se encuentre extraviada en su laberinto.

Las autoridades reconocen como ganador a Enrique Peña Nieto del Partido Revolucionario Institucional, PRI, pero la izquierda que habría quedado en segundo lugar, no acepta el veredicto y apela al recuento de los votos y al Tribunal Electoral, TEPJF.

Poco a poco los principales Presidentes y jefes de Gobierno del mundo, Obama, Merkel, Hollande felicitaron a Peña Nieto por su triunfo, lo que despertó amargas críticas desde la izquierda. Cuando se sumaron a la lista Chávez, Evo y Raúl Castro se vivió una sensación de impotencia.

Mientras el Instituto Federal Electoral, IFE, institución encargada de velar por la limpieza del proceso, declaró que había sido el más transparente, imparcial y de toda legalidad, las fuerzas políticas aglutinadas en torno al candidato Andrés Manuel López Obrador lo acusan de estar plagado de irregularidades,  fraude y compra de votos.

Así entonces, se reiteran condiciones similares a la elección presidencial de 2006, donde López Obrador resultó derrotado en un final de fotografía, marcado por la acusación de fraude. No obstante, concurren nuevas condiciones que hacen difícil forzar el paralelo. La principal de ellas es que esta vez el ganador tiene una diferencia de tres millones y medio de votos a favor respecto al segundo.

El Partido Revolucionario Institucional, PRI, ganó con un 38 % contra el 32% del candidato de la izquierda Andrés Manuel López Obrador.

En el Congreso de la Unión, la izquierda resulta ser la tercera fuerza en el Senado, pero se eleva a segunda mayoría relativa en la Cámara de Diputados. En ambas el PRI pese a ser la primera mayoría no logra la mayoría absoluta, por lo que deberá negociar si desea llevar adelante las reformas imprescindibles para sacar a México de su marasmo institucional. Queda por ver la voluntad de los parlamentarios de izquierda para negociar con el partido gobernante.

Nuevamente la amenaza de un gobierno legal pero que carecería de la legitimidad necesaria para gobernar con estabilidad se cierne sobre México. Delicada situación puesto que el presidente saliente, Felipe Calderón, hipotecó todo su sexenio al iniciarlo con medidas apresuradas en búsqueda de la legitimidad que necesitaba. De reiterarse el fenómeno con Peña Nieto la ingobernabilidad se anuncia ineludible.

Cuando la izquierda gana perdiendo, o AMLO pierde ganando

50 millones de ciudadanos mexicanos participaron en esta elección y 16 millones de ellos otorgaron su respaldo a la izquierda.

No le falta razón a AMLO cuando alega que hubo compra de votos de parte del PRI para beneficio de Enrique Peña Nieto. Más complicado es aceptar que hubo manipulación de las urnas y de las actas de las mesas, puesto que un recuento de los votos, basado en la legislación electoral vigente, arrojó leves modificaciones a favor del candidato Peña Nieto y en legisladores apenas si movió un diputado local a otro partido.

Es decir, la etapa desde el momento en que el ciudadano depositó su voto hasta que se contó, escaneó y recontó en las Juntas Distritales no dio margen a que se alterara masivamente la voluntad del elector.

Donde hubo comprobadas irregularidades y faltas diversas, fue en la campaña electoral, donde se utilizaron un sinfín de recursos no previstos en la ley para inducir el voto. Encuestas manipuladas, dinero, prebendas, regalos y un bombardeo mediático inclinaron la balanza a favor del candidato priista. El problema para la izquierda es que estas acciones no fueron debidamente estipuladas en la última reforma política y aunque son reprobables moralmente no está contemplada claramente su sanción en el actual ordenamiento electoral de México.

Nunca la izquierda había logrado 16 millones de votos, cómodas mayorías relativas en ambas cámaras y ganado tres gobernaturas, una de ellas la del Distrito Federal que le permite conservar el control de la capital de la nación. El saldo es amargo para AMLO porque nuevamente se le va de las manos la presidencia, pero el espacio que logran los tres partidos de izquierda que forman su coalición es inédito.

La siguiente tabla presenta la cantidad y porcentaje de votos de cada candidato por partido o coalición, hasta el momento, a nivel nacional.

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Partidos o coaliciones


JOSEFINA EUGENIA VAZQUEZ MOTA

ENRIQUE PEÑA NIETO

ANDRES MANUEL LOPEZ OBRADOR

GABRIEL RICARDO QUADRI DE LA TORRE

Candidatos
no
registrados

Votos
nulos

Total
de
votos

Actas

Lista
Nominal

Participación
Ciudadana

Capturadas

Totales

Total de Votos

12,473,106

18,727,398

15,535,117

1,129,108

31,660

1,191,057

49,087,446

141,935

143,437

77,738,494

63.14%

Porcentaje

25.40%

38.15%

31.64%

02.30%

00.06%

02.42%

100.00%

98.95%





Quién gana y quién pierde

Hace doce años, cuando el PRI conoció por primera vez la derrota y tuvo que abandonar la casa presidencial de Los Pinos, intenté una interpretación explicativa haciendo un paralelo entre la derrota del PRI y la caída del régimen soviético. En México el poder presidencial del partido de gobierno se desplazó del gobierno central a los gobiernos de los estados, donde el PRI siempre ha conservado la mayoría, un promedio de 20 de 32 entidades.

En esta ocasión, recurro a un paralelo semejante al anterior. Para explicar el retorno del PRI al poder, de donde en realidad nunca se fue, digamos que la victoria de Peña Nieto es el retorno de Putin a la presidencia de Rusia.

Es cierto que Peña Nieto no tiene los atributos de liderazgo que posee Putin, no obstante su entorno inmediato y las capacidades gubernamentales del grupo que lo rodea y que en los hechos ejercerá el poder, garantizan la combinación de gobernabilidad, mano dura y capacidad de negociación que su propuesta de gobierno requieren. En realidad Peña Nieto podría ser una mezcla entre Berlusconi, por su impacto mediático y su dependencia de los poderes fácticos/televisivos, y Putin, por su característica de gobernante que no se hace problemas en recurrir a la mano dura para enfrentar la violencia, sea del signo que sea.

Uno de los puntos decisivos en la inclinación del voto no fue el fraude que acusa la izquierda. No cabe la menor duda que la percepción generalizada de los ciudadanos,  independientemente de que el PRI sea o no corrupto, es que sabrá resolver el problema de la violencia del narcotráfico y la delincuencia, que es la herencia más pesada que deja Felipe Calderón.

El mexicano promedio, hastiado y asustado por la penetración del narco en la vida cotidiana, matando, secuestrando o corrompiendo autoridades, votó por el PRI con la esperanza de que este viejo partido, con sus viejas mañas y procedimientos ortodoxos, sabrá regresar la tranquilidad a la ciudadanía. Importando más los resultados probables que la moral o limpieza de los procedimientos a los que se recurra.

El diagnóstico más acertado era el de la izquierda, porque apuntaba a las causales estructurales de pobreza, falta de oportunidades de la juventud y policías venales. Pero ese discurso no llegó a  las grandes mayorías.

El fracaso neoliberal

El antiguo esplendor del  PRI entró en una espiral descendente a partir de 1982 cuando los dirigentes de la época creyeron llegada la era del neoliberalismo que debería reemplazar al nacionalismo revolucionario.

La noción de partido/estado comenzó a vivir su más profunda crisis por resultar incompatible con las exigencias de implantar un gobierno regido por las tesis del neoliberalismo, reducción del papel del estado y plena vigencia de las leyes del mercado.

El PRI no estaba preparado para que una de sus herramientas habituales de control, el estado, se adelgazara al máximo. En el caso de la competencia, el PRI estaba acostumbrado a ella, bajo la condición de que fueran sus instrumentos corporativos los que la regularan.

Lo que ocurrió en esta elección es que la izquierda quedó prisionera entre el temor a aparecer como extremista, similar a Chávez o Evo Morales, o bien ser una propuesta socialdemócrata que arrebatara las banderas sociales reivindicadas por el PRI. Sometido a esa disyuntiva el candidato López Obrador propuso un proyecto intermedio, bajo el principio de la República Amorosa, que no logró ser claramente explicado a la población y por lo mismo no levantó un masivo respaldo, imprescindible para derrotar la maquinaria priista.

Paradojalmente, la crisis hegemónica del neoliberalismo afectó más al PAN, que aparece como su defensor más ortodoxo y a la Izquierda, que no logró proponer un modelo alternativo que ganara entusiastas. El PRI, que se asume como “nuevo PRI” dice haber aprendido mejor la lección y ofrece una alternativa que generó mayores expectativas.

La moneda está en el aire

Existen muchos dirigentes políticos y sociales que dicen: si mi país tuviera frontera con Estados Unidos de Norteamérica seríamos ricos. En realidad la vecindad con la primera potencia del mundo, resulta a lo largo de los años una fuente de conflictos y dudosos beneficios.

Paradojalmente las propuestas sobre política exterior  fueron bastante pobres en las tres candidaturas, pero de ellas la posibilidad de incidir de la manera más explícita estaba en la del PRI y es una evidencia de que EEUU sigue siendo un factor de política interna en México.

Al cierre de esta semana Andrés Manuel López Obrador decidió ya de manera definitiva impugnar el resultado de las elecciones celebradas el 1 de julio. Los alegatos se basan fundamentalmente en la inequidad que hubo entre los candidatos presidenciales. Será muy difícil que bajo ese supuesto, logre que los magistrados del TRIFE lo acepten y, en su escenario óptimo, se anule el proceso electoral.

Hasta allí lo esencialmente jurídico del futuro de la decisión de López Obrador de impugnar el proceso electoral.

Peña Nieto se posiciona y responde presentando su equipo de trabajo y recalca la importancia de integrar mayorías con todas las fuerzas, las cuales deberán estar comprometidas para lograr la transformación y el cambio: "Como presidente de la República seré absolutamente respetuoso de la visión y del aporte de todas las fuerzas políticas". Y agregó "La democracia no se agota en la participación de los ciudadanos. Apenas da inicio en la construcción de acuerdos". Conocedor de sus debilidades, anunció la creación de la Agencia Nacional Anticorrupción.

México vive la ingobernabilidad de una elección no resuelta, con un presidente saliente que saca provecho de esas indecisiones para limpiar su expediente y un movimiento social en plena expansión y que se plantea si no ha llegado el momento de olvidar a todos los partidos y avanzar con su propia agenda.

Una agenda de movilizaciones, resistencia civil y desconocimiento frontal al nuevo gobierno que se perfila.




miércoles, 27 de junio de 2012

México

 


Seis años de campaña electoral llegan a su fin


Daniel Martínez Cunill

Antecedentes necesarios

En julio de 2006, apenas publicados los resultados que daban la victoria electoral al candidato del PAN, Felipe Calderón, tanto en las oficinas de Andrés Manuel López Obrador como en las de Enrique Peña Nieto se relanzaron las computadoras y se reorganizaron los equipos para una nueva campaña: la presidencial del 2012.

El candidato de las izquierdas electorales. Andrés Manuel López Obrador sabía que había sido derrotado. Sabía también que sus alegatos de fraude podían demostrarse con parábolas ingeniosas, pero no así en cifras o recuento de los votos. Por último, tenía conciencia de la imperiosa necesidad de hacer que los millones de electores que habían confiado en sus palabras, aceptaran progresivamente la derrota sin desbordarse.

AMLO dio la batalla en el terreno legal donde fue derrotado nuevamente, y en el de la propaganda y la imagen donde salió vencedor. En ese contexto, la posterior ocupación de la Avenida Reforma nunca tuvo como objetivo revertir la decisión del Instituto Federal Electoral, IFE. Actuaba como un catalizador de las ilusiones populares frustradas y decepcionadas de los resultados. Como un amortiguador de iras y calenturas post electorales.

En la sala de guerra del PRI, las cosas eran distintas. Habían esperado seis años para regresar a Los Pinos. Más que en las cualidades de su candidato, depositaban su confianza en que la incompetencia de Fox, el presidente saliente, un outsider inepto y limitado, bastarían para que la ciudadanía los apoyara nuevamente con su voto.

Pero la nostalgia del viejo PRI no fue suficiente y las lecciones fueron dos. Había que renovar al partido, darle un maquillaje para modernizar su imagen y resolver las contradicciones internas. No se trataba sólo de asegurar la sobrevida del partido, se trataba de regresar al poder, de ser posible por otros cincuenta años.

Decidieron cambiar y modernizarse, pero lo hicieron con los medios habituales y recurriendo a las más rancias costumbres, impregnadas en el ADN del priismo histórico: negociar posicionamiento en los medios de comunicación y financiar una campaña sexenal que trajera de regreso a las filas priistas a los más amplios sectores corporativos de vieja tradición priista.

La designación de la precandidatura – con seis años de anticipación - cayó en Peña Nieto, por sus innegables atributos mediáticos, por proyectar en su juventud la imagen de nuevo PRI. De lo político y lo programático ya se encargarían las corrientes y los personajes más avezados del viejo PRI.

Se equivocan los adversarios del PRI que amenazan con que, en caso de vencer en las elecciones del 2012, iniciará la restauración del priismo. La restauración dio sus primeros pasos en un gobierno efectivo y populista en el Estado de México y en las elecciones intermedias del 2009, donde el priismo ratificó “músculo” electoral, recuperó espacios y puso a prueba la maquinaria que estaba montando. Las demás fuerzas políticas del país no supieron medir el alcance estratégico que esa victoria anunciaba. Y, con la venia de Tito Monterroso, cuando llegaron a la campaña electoral del 2012 “el dinosaurio todavía estaba allí”.

En ese mismo intervalo, AMLO se había nombrado Presidente Legítimo e instaurado su Gobierno Legítimo, que no fue una versión del “shadow cabinet” al estilo inglés. Se convirtió rápidamente en una justificación para ponerse en campaña para las elecciones del 2012, y convertir a miles de votantes en una estructura partidista permanente afín a sus posiciones y que le permitiera retener a los partidos de izquierda como aliados.

Financiado por el PRD, Convergencia y sobre todo por el Partido del Trabajo, PT, AMLO, recorrió todo el país, municipio por municipio, en un peregrinaje de perfiles cuasi religiosos y de dudoso resultado electoral, aunque pariera con fórceps al Movimiento de Renovación Nacional, MORENA.

De paso, neutralizaba así toda posibilidad de que surgieran líderes alternativos en la izquierda que le disputaran la candidatura, como lo habría de comprobar más adelante el Jefe de Gobierno del DF, Marcelo Ebrard.

La campaña electoral del 2012

Tanto el PRI como la Izquierda llegaron a la fecha formal del arranque de las campañas con una ventaja sexenal sobre su principal adversario: el PAN.

El partido en el gobierno, con un Presidente de la República autodesignado como virtual jefe de campaña, aumentó su retraso con un tortuoso mecanismo de primarias internas, donde Ernesto Cordero, delfín del presidente saliente, se enfrentó a Josefina Vásquez Mota, quien se alzaría finalmente con la candidatura.

El empecinamiento de Calderón por imponer a su sucesor terminó por beneficiar a Vásquez Mota, que sumó todo el rechazo y malestar que en el seno del panismo se había acumulado durante el sexenio contra Calderón.

Desde el primer momento JVM contó tanto con los beneficios de ser la candidata del partido gobernante, como con el enorme peso de los fracasos evidentes del gobierno de Calderón, en especial con la extendida percepción de la ciudadanía de su fracaso en la lucha contra el narcotráfico y el desmesurado incremento de la violencia que esto significó.

En la sumatoria de los negativos que acumulaba el gobierno panista más una extensa cadena de errores en la campaña, Vásquez Mota perdió piso y de disputarle la victoria a Peña Nieto se vio reducida a luchar para que López Obrador no la superara enviándola al tercer lugar.

Las encuestas y las decisiones de última hora

Las encuestas han jugado un papel relevante durante la última fase de tan prolongada batalla política. Denostadas por la izquierda que cuestiona sus metodologías y su independencia, respaldadas por las demás fuerzas en función de sus avances y retrocesos, cada entrega de porcentajes de una casa de medición, generó una oleada de comentarios a favor o en contra.

Desde luego, por ser EPN y el PRI quienes más benefician de los resultados favorables, nunca pusieron en duda los resultados y mantuvieron durante toda la campaña una cómoda ventaja en las diversas encuestas conocidas.

Al final de la campaña, y para evitar suspicacias, prefiero no mencionar otras casas encuestadoras que dan hasta dos dígitos de diferencia a favor de Peña Nieto y entrego los resultados de cierre de la agencia encuestadora encabezada por Ana Cristina Covarrubias, que fue la única que contó con el reconocimiento de López Obrador, al punto de que recurrió a sus servicios para determinar su grado de popularidad dentro de la izquierda y el de Marcelo Ebrard. El diagnóstico de Covarrubias y Asociados fue determinante para que AMLO legitimara su candidatura dentro de la izquierda electoral.

Según los datos finales de la encuestadora avalada por AMLO, la situación es:

Enrique Peña Nieto, candidato presidencial del PRI y del Partido Verde, que empezó, en febrero de 2012, con 37% de intención del voto (sin eliminar la no respuesta) culmina a la cabeza con 38%.

Andrés Manuel López Obrador, candidato del PRD, el PT y Movimiento Ciudadano que tenía, en febrero de este año, 26% de las preferencias, llega a junio de 2012 con 28%. Y Josefina Vázquez Mota que tenía en febrero, 24% de las preferencias concluye la campaña con 25%. En los parámetros habituales, un empate técnico.

El ejercicio de Covarrubias prosigue eliminando la no respuesta (es decir preferencias efectivas). En ese caso los números quedan de la siguiente manera: Peña Nieto: 41%, 30% para López Obrador y 26% para Vázquez Mota.

En el transcurso de tan prolongada lucha política todas las campañas han recurrido al miedo como factor de convencimiento. La izquierda amenaza con el regreso de un PRI dinosaurico, con la restauración de la dictadura del partido de gobierno. El PAN amenaza con lo mismo y suma diatribas contra AMLO agitando el fantasma de Chávez, Evo Morales y otros gobernantes de izquierda populista. El PRI responde amenazando con que JVM sería una prolongación de la violencia que desató la guerra de Calderón y alertando contra el populismo de López Obrador.

Aunque ninguno de ellos tiene toda la razón, a todos se les concede el beneficio de la duda, por lo que la campaña ha tenido momentos de extrema tensión y cuestionamiento a las autoridades electorales que están supuestos a regular y sancionar los excesos de la propaganda.

En el último tramo de la campaña se sumó un elemento novedoso. Como fruto de una provocación estudiantil muy bien organizada contra Peña Nieto en el recinto de la Universidad jesuita de la Ciudad de México, su partido tuvo una reacción primitiva. En lugar de enfatizar en la intolerancia de algunos de los jóvenes, cuestionaron el carácter de estudiantes de los contramanifestantes. La reacción muy destacada y mediatizada fue el surgimiento de un movimiento llamado Yo soy 132, en alusión al número inicial de participantes.

Elevado el movimiento a la categoría de detonante de una “Primavera Mexicana” por la prensa de izquierda, luego de unos momentos de destacada presencia mediática, el grupo que se reivindicó apartidista en sus inicios, terminó siendo funcional a la campaña de la izquierda, por su reconocida postura anti-Peña. En la disputa electoral entre el PRI y la Izquierda resultaba muy difícil reivindicarse anti-Peña sin ser pro López Obrador y así terminó por entenderlo la opinión pública mexicana. En una demostración de que el cambio climático afecta también a la política, la llamada primavera mexicana pasó directamente al otoño sin transición alguna.

Al cierre de la campaña, el núcleo más duro de los estudiantes del Yo soy 132 ha llamado a una movilización callejera que viola las normas establecidas para las campañas electorales. Es de esperar que transcurra sin mayores consecuencias.

Conclusiones

Aunque las elecciones suelen dar sorpresas y algún elemento detonante de una crisis social podría modificar las tendencias, todo parece indicar que un PRI remozado será el vencedor.

También se anuncian nubarrones desde la izquierda que, en caso de ser derrotada, no se resignará fácilmente a buscar las causas dentro de sus deficiencias y debilidades y preferirá asignarlas a perversiones y fraudes desde el sistema. Operan a su favor las inocultables deficiencias del sistema político mexicano que abortó una necesaria Reforma Política y se conformó con algunos cambios de forma, sin llegar al fondo de las transformaciones que el sistema político mexicano requiere con urgencia.

No son momentos para que México entre en una nueva crisis post electoral y es de esperar que los principales protagonistas así lo entiendan.

sábado, 19 de mayo de 2012

PODER Y TORTURA




Poder y tortura

Daniel Martínez Cunill

Participación en la mesa redonda sobre Poder y Tortura efectuada el 18 de mayo, Cuernavaca, Morelos, previo a la inauguración de la exposición “Metáfora corporal, Tortura y Tiempo” del artista chileno Sergio Naranjo



Sergio Naranjo es un naranjo cuyos frutos son imágenes destinadas a exorcizar la tortura. Ignoro si lo consigue a cabalidad, pero lo intenta y en ello reside el principal valor de su creación. Naranjo (Sergio) es un árbol que tiene sus raíces ancladas en el pasado y sus ojos puestos en el futuro, no sólo en el suyo, sino en el que nos ocupa a todos.

Como muchos de nosotros, es sobreviviente de un naufragio político donde algunos perdieron la vida y otros fuimos lanzados a una diáspora, llevando como único bagaje heridas mal cicatrizadas y una enorme interrogante sobre las dimensiones de la experiencia que nos había tocado vivir.

Con esta exposición, al igual que en las anteriores, reaviva los fantasmas y nos convoca a reflexionar una vez más sobre la horrible experiencia a la que fuimos sometidos como prisioneros de la dictadura pinochetista y la resistencia que tuvimos que desarrollar para enfrentarla.

¿Qué fue esa oleada de golpes y vejaciones que cayó sobre los prisioneros? En su sentido más elemental la tortura es el recurso del poderoso para ordenar que se inflija un sufrimiento intenso y continuado a una persona para someterla y extraerle información.

Si el que ordena la tortura es el Estado y la llevan a cabo militares, policías o funcionarios a las órdenes del poder estamos hablando de tortura con fines políticos.

La tortura política encierra en sí misma una paradoja. El recurso de la violencia contra prisioneros encuentra su justificación en la defensa del Estado de Derecho, sin embargo lo primero que hace es violarlo. La tortura –no está de más recordarlo- viola  los Derechos Humanos y las convenciones internacionales que el mundo ha perfeccionado a lo largo de décadas para la preservación de la justicia y el respeto a los ciudadanos de todo el mundo.

El Poder, cuando tortura, niega su legitimidad porque tiene que pisotear los derechos y garantías individuales del adversario político para demostrarse como tal. Es más, cuando los torturadores son policías y/o militares vistiendo sus uniformes el torturado vive una contradicción adicional, porque en los valores usuales se trata de las personas y de las instituciones que están supuestas a defenderlo y brindarle protección.

La tortura es una concepción de control político mediante el sufrimiento. La búsqueda de confesiones para inculpar al torturado en hechos políticos, que a los ojos del poder pudieran ser constitutivos de delito, es sólo una parte del recurso de la violencia. La tortura es una licencia de excepción que el Poder se otorga a sí mismo para amedrentar, someter y destruir la capacidad de resistencia de los ciudadanos que se oponen a una forma determinada de gobierno.

Entiendo que la resistencia a la tortura y en especial la decisión personal de soportar el dolor, surge con el único objeto de rebelarse contra el derecho del Poder a ejercer el castigo físico y sicológico de un opositor. 

Jorge Semprún, excepcional escritor español y sobreviviente de campos de concentración alemanes en la II Guerra Mundial ha escrito: “Mi cuerpo se afirmaba a través de una insurrección visceral que pretendía negarme en tanto que ser moral. Me pedía que capitulara ante la tortura, lo exigía. Para salir vencedor de este enfrentamiento con mi cuerpo, tenía que someterlo, dominarlo, abandonándolo al sufrimiento del dolor y de la humillación”.

El párrafo de Semprún atestigua que un prisionero que es torturado, pero que está decidido a rebelarse contra el torturador y el poder que éste representa, debe desdoblarse de su cuerpo. Así entonces se puede enfrentar la agresión del verdugo con una insurrección de la mente contra el propio cuerpo. Mientras el torturador puede abusar de “ese” cuerpo, el prisionero se repliega a su mente, se refugia en su rabia, se consuela en sus divagaciones de futuras venganzas, o en cualquier otra forma de subterfugio que lo disocie de aquella parte de si mismo que está sufriendo.

Pero de parte del torturador también hay recursos. Por ejemplo, el sadismo  de inducir al torturado a creer que si cede a la violencia se verá libre del maltrato y del dolor. La experiencia demuestra que no es así, pero la perversa relación entre dolor y sometimiento puede repetir el fenómeno una y otra vez haciendo que el prisionero vaya renunciando poco a poco a su identidad y se limite a ser un cuerpo que evita el dolor aceptando el derecho del torturador a exigir de él sometimiento.



Llegado a ese punto es raro que un prisionero pueda liberarse de la dependencia que se crea. O dicho de otra manera, sólo resistir todas las formas de abuso y dolor y no entregar jamás la dignidad en manos del torturador puede garantizar al prisionero su libertad interior. Pero esa es una exigencia difícil de reclamar y no todos los prisioneros logran alcanzarla.

Recordemos además que el Poder no busca quebrar la voluntad individual, sino la aniquilación moral de todos los prisioneros. La tortura puede derrotarlos uno a uno, pero su objetivo es evidenciar que por medio de la violencia extrema puede dominar, hacer que se pierda el espíritu de grupo y la confianza en el prójimo y en sí mismo.

 Una vez que la tortura destruye esa confianza, es muy difícil que vuelva a restablecerse. Pasan los años, los prisioneros torturados recuperan su libertad, la medicina sana sus cuerpos y sus mentes, pero cualquier oscuridad, cualquier ruido, olor o sonido, puede disparar los fantasmas del inconsciente, recordándole al ex prisionero sus más profundos traumas.

Al Poder no le interesa matar prisioneros por medio de la tortura. Desde luego suele ocurrir que algunos no resisten los actos de violencia y fallecen. Pero el verdadero interés del Poder es aniquilar la capacidad de rebeldía del opositor como parte de un colectivo. El daño que el Poder desea hacer es destruir la disposición de una sociedad a enfrentarse. De allí que muchas veces la liberación de compañeros torturados tenía como objetivo transmitir un mensaje político: “No se atrevan a rebelarse porque somos capaces de ejecutar atrocidades contra cualquiera de ustedes”

La ética de las democracias tradicionales denuncia la tortura como un abuso de poder, como una práctica aberrante consustancial a las formas totalitarias del Estado. Si la tortura se da, es en una situación de anomalía de la democracia tradicional. Pero si analizamos desde más cerca el fenómeno desconfiamos de las personas y de las instituciones.

Es impensable que los torturadores surgieran de un día para otro en las dictaduras. O bien que existían pero estaban almacenados y controlados en espera de que se necesitaran sus servicios especializados. La verdad, tiendo a creer que debajo de las apariencias civilizadas y democráticas de determinados instrumentos del Poder, subyacían latentes una horda de sádicos y enfermos mentales dispuestos a torturar en nombre de una causa supuestamente democrática. En la actualidad, ya ni siquiera es necesario un dictador, un Somoza o un Pinochet. Basta con un Bush o un Obama que desate una guerra contra el terrorismo para que la tortura encuentre su justificación. 

Así entonces, me temo que los que fuimos torturados no somos una especie en extinción. Puede que desaparezcamos como individuos, pero el Poder volverá a reproducir sus métodos cada vez que crea en peligro sus privilegios y habrá nuevos ex prisioneros y ex torturados que vendrán a renovar las filas de este, nuestro patético club.

Como la tortura se perpetúa en nuestra cotidianidad como forma de Poder, se me ocurre que la única manera de sobrevivir a ello es seguir luchando contra toda forma de poder que pretenda someter al ser humano.

Estamos condenados a seguir resistiendo una dictadura que ya no existe, pero que ronda en nuestros fantasmas. Y en esas andamos, con algunas victorias y muchas derrotas. Pero no cederemos.

Muchas gracias.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Recordando a Tomás Borge


Recordando a Tomás Borge

Daniel Martínez Cunill



En Nicaragua, una vez más la muerte ha golpeado a las puertas del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Esta vez en busca de Tomás Borge, Comandante de la Revolución, fundador del FSLN.

Fallecido en el hospital militar de Managua, no dudo que Tomás hubiera preferido una muerte combatiente, de ser posible con olor a pólvora, más ajustada a su personalidad, a su azarosa vida y a su desbordante imaginación, que lo hacía pensar en sí mismo enfrentando enemigos y obteniendo contundentes victorias.

El héroe de referencia de Tomás era un personaje de novela, Winnetou el apache, que salido de la pluma del escritor Karl May pobló la imaginación del joven matagalpino, y que tres o cuatro décadas después seguía afirmando que los principios de la lealtad, la rectitud y la defensa de los humildes las había aprendido del indígena de sus lecturas adolescentes.

El referente ético de Tomás era sin lugar a dudas Carlos Fonseca. La muerte de Carlos nunca dejó de dolerle, lo torturaba, y transformó más de un insomnio en remembranzas de su compañero de ideales  Recordando pasajes de sus vidas a Tomás se le llenaban los ojos de lágrimas. También lo hacía llorar el recuerdo de su hija Bolivia, que se suicidó mientras el dirigente sandinista estaba en la cárcel, decisión de la cual Tomás se sentía culpable.

Desde luego, Tomás admiraba a Fidel Castro y le hubiera gustado parecerse más a él. En realidad el parecido comenzaba porque ambos nacieron en la misma fecha, un 13 de agosto, pasaba por su pasión por los discursos épicos ante plazas llenas y terminaba en una obstinada testarudez a la hora de defender sus verdades. Es más, sospecho incluso que Tomás admiraba en secreto al Che, pero le tenía celos por la enorme cercanía e identificación que el guerrillero tuvo con Fidel.

La mayor realización de Tomás era hacer discursos apasionados, preñados de poesía, audaces parábolas y reflexiones políticas simples, que le permitían entrar en sintonía con las multitudes y, como director de una enorme sinfónica, dirigir, acordar y exaltar los sentimientos de todo un pueblo.  Sus dotes de orador, tan superiores a las de sus compañeros, terminaron por ser fuente de discrepancias y en más de una ocasión debió ceder a regañadientes los micrófonos a alguno de sus pares de la Dirección Nacional.

El Comandante Borge fue encargado de las labores de Ministro del Interior. En la decisión se sumaron su propia terquedad, una división de tareas en que la Dirección Nacional operó con una errada visión de la unidad del Frente basada en las matemáticas simples y una fina línea maquiavélica de sus compañeros de armas, que no pusieron mucha resistencia ante su demanda y prefirieron batallar con la reforma agraria o las finanzas, antes que con lo múltiples enemigos que una revolución genera.

Tomás fue leal a los nicaragüenses, cumplió a cabalidad con la encomienda, guiado por la máxima de Implacables en el combate y generosos en la victoria, el MINT, centinela de la alegría del pueblo, como le gustaba decir, debió enfrentar más enemigos de los que nunca se imaginó y defender los primeros pasos de una proceso de cambio social inédito recurriendo a todas las formas de lucha y a la inteligencia de sus miembros. Sin duda se cometieron equivocaciones, pero nunca se cometió el error de traicionar la sobrevida de la Revolución.

La noche del 25 de febrero de 1990 en que el candidato a presidente por el FSLN, Daniel Ortega, fue derrotado por Violeta viuda de Chamorro, Tomás durmió sólo, acuartelado en su oficina del Ministerio del Interior. Lloró, lloró mucho, “como perro apaleado” según su posterior confesión. Cuáles fueron sus sentimientos son parte de los infinitos secretos que Tomás se lleva a la tumba y sería indigno intentar interpretaciones.

Es de honor recordar que Tomás hizo algunas reflexiones autocríticas sobre las causas de la derrota. Reconoció, por ejemplo que la arrogancia los había hecho perder contacto con la realidad. “Nos sentíamos dioses” dijo el Comandante y lo peor es que ahí le atinó medio a medio. Pero le faltaron fuerzas, o aliados, para llevar hasta el final esas autocríticas y las diluyó en medio  de lugares comunes.  Preparados sólo para la victoria, los miembros de la Dirección Nacional no tenían un plan, un proyecto, para la derrota y se desdibujaron e improvisaron una serie de errores antes de decidir una nueva estrategia.

A fin de cuentas, su rol opaco después de la derrota electoral es uno más de los innumerables fantasmas que cruzaban por su pensamiento y que hacían de él un personaje complejo. El Comandante Borge pasaba de la ternura a las explosiones de ira con facilidad. La frontera entre su corazón sensible, de poeta, y su carácter férreo y a veces duro era muy fina y transitaba de uno al otro por impulsos que sólo él era capaz de explicar y raramente lo hacía. Tomás era bueno para el perdón y extremadamente parco para las explicaciones.

Creo que los dolores vividos en su extensa vida guerrillera, la muerte de su esposa, hijas, amigos entrañables, combatientes del MINT que cayeron en cumplimiento de sus órdenes, terminaron por ocupar demasiado espacio en su corazón. Algunas operaciones especiales, que en defensa de la Revolución tuvo que decidir en su cargo de Ministro del Interior, también venían a sumarse a la carga emotiva de sus contradicciones.

Es indudable que la partida de Tomás cierra un ciclo histórico de las luchas populares de Nicaragua. Ojalá que su muerte sirva para recordar los valores morales del sandinismo, que han sido poco a poco relegados por sus dirigentes, arrastrando en esa deriva a una generación de sandinistas de base que no merecían vivirlo así y que los necesitarán si desean reconstruir los cimientos averiados de la Revolución de 1979.
El llamado “juicio de la Historia” lo hacen otros hombres, torturados por otros fantasmas y otras ambiciones, de manera que es prudente desconfiar de ellos. Por esa razón, termino señalando que es justo reconocer que con la Revolución Popular Sandinista  Tomás obtuvo grandes victorias y derrotó muchos enemigos. Tal vez - por desgracia - nunca logró derrotar totalmente al adversario que llevaba en su interi