Recordando
a Tomás Borge
Daniel Martínez
Cunill
En Nicaragua, una vez más la
muerte ha golpeado a las puertas del Frente Sandinista de Liberación Nacional.
Esta vez en busca de Tomás Borge, Comandante de la Revolución, fundador del
FSLN.
Fallecido en el hospital
militar de Managua, no dudo que Tomás hubiera preferido una muerte combatiente,
de ser posible con olor a pólvora, más ajustada a su personalidad, a su azarosa
vida y a su desbordante imaginación, que lo hacía pensar en sí mismo enfrentando
enemigos y obteniendo contundentes victorias.
El héroe de referencia de
Tomás era un personaje de novela, Winnetou el apache, que salido de la pluma del
escritor Karl May pobló la imaginación del joven matagalpino, y que tres o
cuatro décadas después seguía afirmando que los principios de la lealtad, la
rectitud y la defensa de los humildes las había aprendido del indígena de sus
lecturas adolescentes.
El referente ético de Tomás
era sin lugar a dudas Carlos Fonseca. La muerte de Carlos nunca dejó de
dolerle, lo torturaba, y transformó más de un insomnio en remembranzas de su
compañero de ideales Recordando pasajes
de sus vidas a Tomás se le llenaban los ojos de lágrimas. También lo hacía
llorar el recuerdo de su hija Bolivia, que se suicidó mientras el dirigente
sandinista estaba en la cárcel, decisión de la cual Tomás se sentía culpable.
Desde luego, Tomás admiraba
a Fidel Castro y le hubiera gustado parecerse más a él. En realidad el parecido
comenzaba porque ambos nacieron en la misma fecha, un 13 de agosto, pasaba por
su pasión por los discursos épicos ante plazas llenas y terminaba en una
obstinada testarudez a la hora de defender sus verdades. Es más, sospecho
incluso que Tomás admiraba en secreto al Che, pero le tenía celos por la enorme
cercanía e identificación que el guerrillero tuvo con Fidel.
La mayor realización de
Tomás era hacer discursos apasionados, preñados de poesía, audaces parábolas y reflexiones
políticas simples, que le permitían entrar en sintonía con las multitudes y,
como director de una enorme sinfónica, dirigir, acordar y exaltar los
sentimientos de todo un pueblo. Sus
dotes de orador, tan superiores a las de sus compañeros, terminaron por ser
fuente de discrepancias y en más de una ocasión debió ceder a regañadientes los
micrófonos a alguno de sus pares de la Dirección Nacional.
El Comandante Borge fue
encargado de las labores de Ministro del Interior. En la decisión se sumaron su
propia terquedad, una división de tareas en que la Dirección Nacional operó con
una errada visión de la unidad del Frente basada en las matemáticas simples y
una fina línea maquiavélica de sus compañeros de armas, que no pusieron mucha
resistencia ante su demanda y prefirieron batallar con la reforma agraria o las
finanzas, antes que con lo múltiples enemigos que una revolución genera.
Tomás fue leal a los nicaragüenses,
cumplió a cabalidad con la encomienda, guiado por la máxima de Implacables
en el combate y generosos en la victoria, el MINT, centinela de la
alegría del pueblo, como le gustaba decir, debió enfrentar más enemigos de los
que nunca se imaginó y defender los primeros pasos de una proceso de cambio
social inédito recurriendo a todas las formas de lucha y a la inteligencia de
sus miembros. Sin duda se cometieron equivocaciones, pero nunca se cometió el
error de traicionar la sobrevida de la Revolución.
La noche del 25 de febrero
de 1990 en que el candidato a presidente por el FSLN, Daniel Ortega, fue
derrotado por Violeta viuda de Chamorro, Tomás durmió sólo, acuartelado en su
oficina del Ministerio del Interior. Lloró, lloró mucho, “como perro apaleado” según
su posterior confesión. Cuáles fueron sus sentimientos son parte de los
infinitos secretos que Tomás se lleva a la tumba y sería indigno intentar
interpretaciones.
Es de honor recordar que
Tomás hizo algunas reflexiones autocríticas sobre las causas de la derrota.
Reconoció, por ejemplo que la arrogancia los había hecho perder contacto con la
realidad. “Nos sentíamos dioses” dijo el Comandante y lo peor es que ahí le
atinó medio a medio. Pero le faltaron fuerzas, o aliados, para llevar hasta el
final esas autocríticas y las diluyó en medio de lugares comunes. Preparados sólo para la victoria, los miembros
de la Dirección Nacional no tenían un plan, un proyecto, para la derrota y se
desdibujaron e improvisaron una serie de errores antes de decidir una nueva
estrategia.
A fin de cuentas, su rol
opaco después de la derrota electoral es uno más de los innumerables fantasmas
que cruzaban por su pensamiento y que hacían de él un personaje complejo. El
Comandante Borge pasaba de la ternura a las explosiones de ira con facilidad.
La frontera entre su corazón sensible, de poeta, y su carácter férreo y a veces
duro era muy fina y transitaba de uno al otro por impulsos que sólo él era capaz
de explicar y raramente lo hacía. Tomás era bueno para el perdón y
extremadamente parco para las explicaciones.
Creo que los dolores vividos
en su extensa vida guerrillera, la muerte de su esposa, hijas, amigos
entrañables, combatientes del MINT que cayeron en cumplimiento de sus órdenes,
terminaron por ocupar demasiado espacio en su corazón. Algunas operaciones
especiales, que en defensa de la Revolución tuvo que decidir en su cargo de
Ministro del Interior, también venían a sumarse a la carga emotiva de sus contradicciones.
Es indudable que la partida
de Tomás cierra un ciclo histórico de las luchas populares de Nicaragua. Ojalá
que su muerte sirva para recordar los valores morales del sandinismo, que han
sido poco a poco relegados por sus dirigentes, arrastrando en esa deriva a una
generación de sandinistas de base que no merecían vivirlo así y que los
necesitarán si desean reconstruir los cimientos averiados de la Revolución de
1979.
El llamado “juicio de
la Historia” lo hacen otros hombres, torturados por otros fantasmas y otras
ambiciones, de manera que es prudente desconfiar de ellos. Por esa razón, termino
señalando que es justo reconocer que con la Revolución Popular Sandinista Tomás obtuvo grandes victorias y derrotó
muchos enemigos. Tal vez - por desgracia - nunca logró derrotar totalmente al
adversario que llevaba en su interi
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