sábado, 19 de mayo de 2012

PODER Y TORTURA




Poder y tortura

Daniel Martínez Cunill

Participación en la mesa redonda sobre Poder y Tortura efectuada el 18 de mayo, Cuernavaca, Morelos, previo a la inauguración de la exposición “Metáfora corporal, Tortura y Tiempo” del artista chileno Sergio Naranjo



Sergio Naranjo es un naranjo cuyos frutos son imágenes destinadas a exorcizar la tortura. Ignoro si lo consigue a cabalidad, pero lo intenta y en ello reside el principal valor de su creación. Naranjo (Sergio) es un árbol que tiene sus raíces ancladas en el pasado y sus ojos puestos en el futuro, no sólo en el suyo, sino en el que nos ocupa a todos.

Como muchos de nosotros, es sobreviviente de un naufragio político donde algunos perdieron la vida y otros fuimos lanzados a una diáspora, llevando como único bagaje heridas mal cicatrizadas y una enorme interrogante sobre las dimensiones de la experiencia que nos había tocado vivir.

Con esta exposición, al igual que en las anteriores, reaviva los fantasmas y nos convoca a reflexionar una vez más sobre la horrible experiencia a la que fuimos sometidos como prisioneros de la dictadura pinochetista y la resistencia que tuvimos que desarrollar para enfrentarla.

¿Qué fue esa oleada de golpes y vejaciones que cayó sobre los prisioneros? En su sentido más elemental la tortura es el recurso del poderoso para ordenar que se inflija un sufrimiento intenso y continuado a una persona para someterla y extraerle información.

Si el que ordena la tortura es el Estado y la llevan a cabo militares, policías o funcionarios a las órdenes del poder estamos hablando de tortura con fines políticos.

La tortura política encierra en sí misma una paradoja. El recurso de la violencia contra prisioneros encuentra su justificación en la defensa del Estado de Derecho, sin embargo lo primero que hace es violarlo. La tortura –no está de más recordarlo- viola  los Derechos Humanos y las convenciones internacionales que el mundo ha perfeccionado a lo largo de décadas para la preservación de la justicia y el respeto a los ciudadanos de todo el mundo.

El Poder, cuando tortura, niega su legitimidad porque tiene que pisotear los derechos y garantías individuales del adversario político para demostrarse como tal. Es más, cuando los torturadores son policías y/o militares vistiendo sus uniformes el torturado vive una contradicción adicional, porque en los valores usuales se trata de las personas y de las instituciones que están supuestas a defenderlo y brindarle protección.

La tortura es una concepción de control político mediante el sufrimiento. La búsqueda de confesiones para inculpar al torturado en hechos políticos, que a los ojos del poder pudieran ser constitutivos de delito, es sólo una parte del recurso de la violencia. La tortura es una licencia de excepción que el Poder se otorga a sí mismo para amedrentar, someter y destruir la capacidad de resistencia de los ciudadanos que se oponen a una forma determinada de gobierno.

Entiendo que la resistencia a la tortura y en especial la decisión personal de soportar el dolor, surge con el único objeto de rebelarse contra el derecho del Poder a ejercer el castigo físico y sicológico de un opositor. 

Jorge Semprún, excepcional escritor español y sobreviviente de campos de concentración alemanes en la II Guerra Mundial ha escrito: “Mi cuerpo se afirmaba a través de una insurrección visceral que pretendía negarme en tanto que ser moral. Me pedía que capitulara ante la tortura, lo exigía. Para salir vencedor de este enfrentamiento con mi cuerpo, tenía que someterlo, dominarlo, abandonándolo al sufrimiento del dolor y de la humillación”.

El párrafo de Semprún atestigua que un prisionero que es torturado, pero que está decidido a rebelarse contra el torturador y el poder que éste representa, debe desdoblarse de su cuerpo. Así entonces se puede enfrentar la agresión del verdugo con una insurrección de la mente contra el propio cuerpo. Mientras el torturador puede abusar de “ese” cuerpo, el prisionero se repliega a su mente, se refugia en su rabia, se consuela en sus divagaciones de futuras venganzas, o en cualquier otra forma de subterfugio que lo disocie de aquella parte de si mismo que está sufriendo.

Pero de parte del torturador también hay recursos. Por ejemplo, el sadismo  de inducir al torturado a creer que si cede a la violencia se verá libre del maltrato y del dolor. La experiencia demuestra que no es así, pero la perversa relación entre dolor y sometimiento puede repetir el fenómeno una y otra vez haciendo que el prisionero vaya renunciando poco a poco a su identidad y se limite a ser un cuerpo que evita el dolor aceptando el derecho del torturador a exigir de él sometimiento.



Llegado a ese punto es raro que un prisionero pueda liberarse de la dependencia que se crea. O dicho de otra manera, sólo resistir todas las formas de abuso y dolor y no entregar jamás la dignidad en manos del torturador puede garantizar al prisionero su libertad interior. Pero esa es una exigencia difícil de reclamar y no todos los prisioneros logran alcanzarla.

Recordemos además que el Poder no busca quebrar la voluntad individual, sino la aniquilación moral de todos los prisioneros. La tortura puede derrotarlos uno a uno, pero su objetivo es evidenciar que por medio de la violencia extrema puede dominar, hacer que se pierda el espíritu de grupo y la confianza en el prójimo y en sí mismo.

 Una vez que la tortura destruye esa confianza, es muy difícil que vuelva a restablecerse. Pasan los años, los prisioneros torturados recuperan su libertad, la medicina sana sus cuerpos y sus mentes, pero cualquier oscuridad, cualquier ruido, olor o sonido, puede disparar los fantasmas del inconsciente, recordándole al ex prisionero sus más profundos traumas.

Al Poder no le interesa matar prisioneros por medio de la tortura. Desde luego suele ocurrir que algunos no resisten los actos de violencia y fallecen. Pero el verdadero interés del Poder es aniquilar la capacidad de rebeldía del opositor como parte de un colectivo. El daño que el Poder desea hacer es destruir la disposición de una sociedad a enfrentarse. De allí que muchas veces la liberación de compañeros torturados tenía como objetivo transmitir un mensaje político: “No se atrevan a rebelarse porque somos capaces de ejecutar atrocidades contra cualquiera de ustedes”

La ética de las democracias tradicionales denuncia la tortura como un abuso de poder, como una práctica aberrante consustancial a las formas totalitarias del Estado. Si la tortura se da, es en una situación de anomalía de la democracia tradicional. Pero si analizamos desde más cerca el fenómeno desconfiamos de las personas y de las instituciones.

Es impensable que los torturadores surgieran de un día para otro en las dictaduras. O bien que existían pero estaban almacenados y controlados en espera de que se necesitaran sus servicios especializados. La verdad, tiendo a creer que debajo de las apariencias civilizadas y democráticas de determinados instrumentos del Poder, subyacían latentes una horda de sádicos y enfermos mentales dispuestos a torturar en nombre de una causa supuestamente democrática. En la actualidad, ya ni siquiera es necesario un dictador, un Somoza o un Pinochet. Basta con un Bush o un Obama que desate una guerra contra el terrorismo para que la tortura encuentre su justificación. 

Así entonces, me temo que los que fuimos torturados no somos una especie en extinción. Puede que desaparezcamos como individuos, pero el Poder volverá a reproducir sus métodos cada vez que crea en peligro sus privilegios y habrá nuevos ex prisioneros y ex torturados que vendrán a renovar las filas de este, nuestro patético club.

Como la tortura se perpetúa en nuestra cotidianidad como forma de Poder, se me ocurre que la única manera de sobrevivir a ello es seguir luchando contra toda forma de poder que pretenda someter al ser humano.

Estamos condenados a seguir resistiendo una dictadura que ya no existe, pero que ronda en nuestros fantasmas. Y en esas andamos, con algunas victorias y muchas derrotas. Pero no cederemos.

Muchas gracias.

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