jueves, 5 de abril de 2012

¿A qué le teme Felipe Calderón?
Daniel Martínez Cunill
Cercanas las elecciones presidenciales en México es bueno recordar que el gobierno de Calderón inició con un gran déficit de legitimidad. No discutiré si hubo fraude o no. Sólo señalaré que el propio Calderón sabía en el 2006 que asumía el gobierno en un contexto de repudio y cuestionamiento al poder que iba a ejercer.
Por ello, la razón profunda de Calderón para desencadenar la guerra contra el Narco, sin estrategia, sin inteligencia previa, sin depurar los aparatos policiales e improvisando acciones, fue el temor, porque había violado desde el primer día las normas que le hubieran dado la legitimidad necesaria para que la ciudadanía acatara su derecho a mandar.
Es obvio que Calderón nunca leyó a Sun Tzu que enseña: “Quien gana un combate es fuerte, quien gana antes de combatir, poderoso. La verdadera maestría es vencer sin combatir”. A cambio, Calderón ávido de legitimidad, se entrega en manos de militares y policías, muchos de ellos corruptos, y desata una guerra que no tenía ganada ni podía ganar por improvisada.
Para lograr la aceptación cualquier gobierno requiere, desde antes de asumir el poder, gozar de lo que llamaríamos una¬ legitimidad previa El fundamento del poder reside en su legitimidad y sus posibilidades de construir la paz y la seguridad dependerán del respeto a un conjunto de normas ya incorporadas en la sociedad y generadas en sus orígenes desde el consenso. Tanto la seguridad como la paz que emanará de ella sólo se pueden alcanzar si el poder ascendente se sustenta en una legitimidad previa.
Incluso, aún y contando con legitimidad, el accionar inicial de un gobierno es el que habitúa progresivamente a los ciudadanos a dar su aprobación mayoritaria. Es decir que Calderón debió demostrar primero que respetaba las leyes y principios para que posteriormente el pueblo lo respetara a él y sus decisiones.
Un dramático ejemplo de esto, fue la frenética cacería de capos de la droga. Puestos los ojos en figuras paradigmáticas, como el Chapo Guzmán, que encarnó durante todo el sexenio la figura del mal, las autoridades fueron mostrando a la población figuras capturadas de segundo o tercer nivel, presentadas como exitoso resultado.
La ciudadanía comenzó a habituarse al show mediático que acompañaba a esas detenciones y la credibilidad decreció. Al mismo tiempo las acciones militares/policiales causaban injustas bajas entre la población civil, ajena al enfrentamiento. Calderón una vez más dio prueba de su miedo y, en lugar de reconocer el costo que estaba pagando la ciudadanía y corregir, habló de daño colateral.
Un caso que refleja esta dicotomía es la detención y presentación del delincuente apodado “La Barbie” que sonreía ante las cámaras y más que un criminal parecía un playboy, un “mirrey” como dicen los jóvenes. Hasta impuso tendencia en la moda por su manera de vestir.
La banalización de las capturas y el giro de crueldad con que respondió el narco a la guerra de Calderón cerraron un círculo infernal. Decapitados y colgados, agentes policiales infiltrados que al ser descubiertos eran masacrados, llenaron de pánico al gobierno y la respuesta fue más violencia, más represión, hundiéndose en una espiral absurda de empecinamiento encarnada en la frase “aunque no lo parezca, vamos ganando”.
Han transcurrido casi seis años y el error persiste. En ese sentido, el affaire Florence Cassez es paradigmático porque reafirma el temor de Calderón y su actitud de construir legitimidad desde la ilegitimidad. De allí que, en lugar de sancionar uno o varios policías por violar Derechos Humanos y no respetar el debido proceso, opta por empecinarse en su idea de legitimidad a partir de supuestos resultados y con omisión o indiferencia del Derecho como principio rector.
En su texto El Príncipe, Maquiavelo dice que la razón de la existencia del Estado es el orden y la seguridad y que para conservar el orden de un Estado hay dos formas: uno con las leyes y otro con las fuerzas. Aconseja a los mandatarios a hacer buen uso de ambas.
Pero el príncipe Felipe no leyó, o leyó mal, a Maquiavelo y quiso hacerse amar por los mexicanos por medio del temor a la guerra y donde él y los suyos jugarían el papel de defensores del pueblo. La doctrina militar de Calderón entonces, viene a ser una racionalización de su conocido “haiga sido como haiga sido”. Es decir, prescindiendo de la legitimidad y las formas, lo que cuenta es el resultado a favor del gobierno/ de su partido/ de las deficiencias y vacíos de su personalidad, y menospreciando la naturaleza de los principios internacionales que México ha suscrito.
Para Calderón nada tiene precedencia, no importan las violaciones, lo que cuenta es el resultado del cual emanará una nueva legitimidad. Vamos ganando, tenemos la razón, “haiga sido como haiga sido”. A cada fracaso agregó una dosis de su propio temor y se sumergió en una obsesión de violencia cuya hipotética victoria justificaría todos los costos sociales y las violaciones a los Derechos Humanos. Culminará su gestión derrotado como General y aborrecido como Presidente.
Los temores de Calderón de ser juzgado por su incapacidad y el costo de una guerra fracasada lo hicieron propiciar un candidato presidencial del PAN afín a su postura y declarado incondicional. Ernesto Cordero serviría, en los planes del Príncipe Felipe, como garante y protector, de tal manera que cuando éste resultó derrotado por Josefina Vásquez Mota se reactivaron las preocupaciones de ser “sacrificado” por la candidata del PAN en busca de legitimidad.
En las postrimerías de su gobierno Calderón improvisó un “informe” en el que lejos de demostrar ánimo de rectificación o “mea culpa”, Felipe de Jesús confirmó que a lo que más le teme es a su propio miedo.

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