Diálogo y guerra por la paz en Colombia
(segunda parte)
Daniel Martínez Cunill
El
estratega más citado para analizar las guerras y guiar la conducta de los generales
en una confrontación es Sun Tzu, filósofo taoísta. Si se analizan con más
detención las páginas del Arte de la Guerra se entiende que buena parte de su
pensamiento está destinado a la paz, a resolver los conflictos evitando la
guerra y, muy importante, respetando la vida y la dignidad del adversario.
Este
componente es fundamental en unas pláticas como las iniciadas entre el gobierno
colombiano y las FARC, porque la paz sólo será posible si la guerra civil
termina sin vencedores ni vencidos. El poder hegemónico del Estado colombiano
deberá aceptar que los guerrilleros depongan las armas y reconocerles derechos
sin aplicarles acciones punitivas ni sanciones. Por su parte los guerrilleros
deberán aceptar la institucionalidad y el ejercicio del monopolio de la fuerza
por parte del Estado, sin renunciar por ello a su carácter de luchadores
sociales que aspiran al Poder.
Se
invertiría así el orden de los factores del clásico planteamiento de Clausewitz
"La guerra es la continuación de la política por (con) otros medios", para
aspirar a que la paz sea la continuación de la guerra por otros medios, a
saber, la política.
Contexto geopolítico continental
En
la fase globalizadora del neoliberalismo, entendido como ideología más que como
modelo económico, ya no existen conflictos internos “químicamente puros”, ya
que las consecuencias y derivaciones de una guerra repercuten en el mercado de
armas, en los países vecinos y, en casos como Colombia, en el mercado
internacional de drogas con impacto a escala mundial.
La
paz en Colombia será una gran contribución al Continente latinoamericano.
Concretamente desaparecerán los riesgos de una guerra entre Colombia y
Venezuela de consecuencias y derivaciones imprevisibles. Esta eventualidad y
amenaza latente tuvo su peor momento bajo el gobierno de Uribe, que no hace
mucho reconoció que “le faltó tiempo” para desencadenar la agresión.
Estados
Unidos se comprometió de manera cínica y dual en el conflicto colombiano
por su muy cuestionable papel de
principal consumidor de drogas en el mundo. Al mismo tiempo, con el progresivo
avance de propuestas democráticas de carácter popular y anti-neoliberales en la
región, decide convertir a Colombia en un portaaviones, desde el cual sabotear
los avances de sus adversarios ideológicos y políticos sudamericanos.
Ya hace
décadas Chomsky opinaba sobre la guerra antinarcóticos en América Latina: "La Casa Blanca necesitó
tres años para destruir la economía chilena y organizar una fracción golpista
contra Salvador Allende. A fin de que no se repita tal experiencia está
formando actualmente sus fracciones golpistas -bajo el absurdo pretexto del
combate al narcotráfico- para que golpes de estado 'preventivos' se puedan dar
cuando la destrucción de la gobernabilidad democrática por el neoliberalismo lo
exija". . Rollback I, II y III (1995)
Desde
la administración Clinton, EEUU se oponía activamente a que América del Sur dejara de ser su espacio
geopolítico. Gobiernos progresistas agrupados en torno a UNASUR y la propuesta
de crear un Consejo de Defensa de la América del Sur demostraban que por encima
de sus problemas internos y fronterizos, la región rechazaba la subordinación a
Estados Unidos y reivindicaba su propia identidad.
Tanto
el rumbo progresista que tomaban los procesos internos como la diversificación
de las relaciones comerciales con el resto del mundo preocuparon al gobierno
estadounidense. Brasil desarrolló vínculos con Sudáfrica, India y China. Cuando
surgen iniciativas como la integración
de las industrias bélicas de Brasil, Argentina y Venezuela, EEUU siente que
peligran sus mercados.
Así
entonces, el Plan Colombia dista mucho de ser una generosa ayuda militar para
combatir el falso binomio Guerrilla terrorista-Narcotráfico. En realidad se
trata de un pretexto para mantener bajo control el flujo de estupefacientes y
justificar una presencia militar en la región para oponerse a UNASUR y los
gobiernos que la componen.
Si la paz de
Colombia se extiende a una renovación de sus relaciones diplomáticas con
Venezuela, Brasil, Perú, Ecuador y Panamá, se abre una fase de distención y
cooperación regional que sin duda ayudaría a abatir el fenómeno del
narcotráfico. Esta última razón debería servir de aliciente para que el
gobierno de México se interesara en respaldar las negociaciones de paz como lo
hizo en el pasado.
Colombia
y EEUU plantean como una necesidad de que la subversión y el narcotráfico
desparezcan. En realidad a las distintas administraciones estadounidenses ambas
cosas les han dado un pretexto para militarizar la región e instalar 7 bases
militares en territorio colombiano. Al escalar el conflicto hacia Ecuador y
Venezuela en centenares de incidentes fronterizos han llevado a que un
asunto de seguridad nacional se convierta en una causal de conflicto regional, atentando
contra la estabilidad de los países vecinos, de México y Centroamérica.
EEUU se resiste a perder el control de America Latina y
sabotea un avance de la paz ya que le arrebatará pretextos para entorpecer los
procesos de integración subregionales. Por ello la comunidad internacional
haría bien en darles su apoyo a los diálogos como una contribución hacia
América Latina.
De la misma manera, la consolidación del gobierno de Hugo
Chávez en las urnas y la estabilidad de los gobiernos de Dilma Roussef y Rafael
Correa trazan un entorno favorable para la diplomacia y los acuerdos.
Guerrilla,
narcotráfico y Derechos Humanos
Los
sectores colombianos e internacionales que se oponen a una solución negociada
del conflicto argumentan dos cosas: que las FARC tienen vínculos con los
distintos cárteles del narcotráfico que han operado en Colombia y que su
política de secuestros fue violatoria de los Derechos Humanos.
Es
verdad que en las áreas en las que las FARC ejercen el control no se impide a los narcotraficantes el cultivo
y procesamiento de drogas. Al trasiego de la droga la guerrilla cobra a los
cárteles el llamado “impuesto de guerra”. El monto de este impuesto es muy
difícil de calcular, pero debe elevarse a decenas de millones de dólares al
año.
Para
las FARC el narcotráfico es un fenómeno económico, político, militar, social y
su solución debe descansar en esos mismos factores, acompañado de la definición
de EEUU sobre su papel de receptor de la droga. Ya desde 1999 propusieron un
plan de sustitución de los cultivos que tendría factibilidad si la paz reina en
Colombia. De lo contrario es inviable.
El
caso es que este argumento se cae cuando abundan los ejemplos que comprueban
que los paramilitares colombianos obtienen mucho más aún del tráfico de drogas
para ejercer su rol de contra-guerrilleros de extrema derecha. La larga lista
de escándalos que demuestran que el poder corruptor del Narco permeó todas las
estructuras del Estado colombiano, incluyendo el Gobierno, a las Fuerzas
Armadas, el Poder Judicial y hasta ciudadanos norteamericanos destacados en ese
país para combatirlo, inhabilita el argumento y hace aconsejable abandonarlo.
El
tema de los secuestros es bastante cuestionable y fue motivo de muchas
discusiones entre la izquierda latinoamericana y el Comandante Raúl Reyes, que
a cargo de las relaciones internacionales de las FARC llegó a hacer un diagnóstico
muy acertado del costo político que los secuestros acarreaban a la guerrilla.
En
las últimas etapas en que las FARC recurrieron a esa modalidad, se trataba
sobre todo de militares, policías y políticos corruptos, que eran retenidos en
calidad de “prisioneros de guerra”. El sutil sofisma no era suficiente y
objetivamente afectó la imagen de las guerrillas farianas, debilitando en parte
sus reclamos sobre el respeto al Derecho Internacional Humanitario (DIH). El
caso más mediático y controvertido de secuestros, fue el de la política
colombo/francesa Ingrid Betancourt que vino a sellar el destino de los
secuestros como acción guerrillera.
Las FARC decidieron liberar a los
últimos 10 soldados y policías y poner fin a esa práctica en febrero de 2011 y
no fue hasta abril del mismo año que se logró concretar gracias a una operación que contó con colaboración del
gobierno de Brasil y organizaciones humanitarias.
También
esta carga que pesa sobre las FARC se relativiza por la infinita y onerosa
lista de violaciones a los Derechos Humanos de parte del gobierno colombiano.
Las violaciones y crímenes gubernamentales han sido documentados en todo el
mundo, desde las Naciones Unidas hasta la Cruz Roja Internacional, por lo que
es irracional esgrimir desde cualquiera de los bandos que la paz esté
condicionada a que se ventilen todos y cada uno de los casos.
Si
en el proceso de acuerdos de paz ambas partes logran hacer una evaluación de
ambos temas y se llega a una postura común, en el que tanto la guerrilla como
el Estado colombiano reconozcan sus responsabilidades en el costo humano de la
guerra, se habrá avanzado hacia la reconciliación. Que a fin de cuentas es el
objetivo último de las pláticas.
Conclusiones iniciales
Después
de medio siglo de conflicto interno, en Colombia siguen presentes las
causas que lo generaron. El compromiso de hacer frente a la construcción de la
paz ya ha superado al gobierno de Colombia y a los insurgentes para recaer
también en la comunidad internacional.
Todo el Continente está enfrentado los costos
democráticos y de seguridad que la ampliación del conflicto interno lleva más
allá de las fronteras.
Los países vecinos y las organizaciones
internacionales deben ser actores que den su aporte y en especial generen
condiciones para que la sociedad colombiana participe activamente en la elaboración del
proyecto de país en el que quiere vivir.
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